Tal vez sea verdad que los caracoles no se desplazan por el suelo: lo acarician. Pero lo cierto es que los caracoles no pueden correr, nadie les capacitó para escapar lejos de todo cuando se hace necesario. En su lugar, tienen un mundo en forma de coraza sobre la espalda, un lugar propio donde huir, donde desaparecer.
El problema es que allí dentro llegan las palabras, resuena el eco ondulado a través de las paredes de la concha. Para ellas no hay escapatoria posible. Por eso a veces, se les olvida salir. Y se vuelven ciegos queriendo ser sordos.
jueves, 7 de junio de 2007
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