Estaba en la barra esperando mi café. A mi lado alguien tararea al compás del hilo musical y entonces giro la cabeza instintivamente en busca del dueño de la voz y observo que está moviendo los pies. Poca a poco se va sumando el resto del cuerpo, la cintura y los hombros acompañan a los pies en su ritmo y le miro sorprendida. El camarero le da su vasito de café, pero después de cogerlo permanece junto a la barra y ahora son los brazos los que trazan figuras en el aire, los que aporrean la batería y sacuden las maracas imaginarias. La cabeza sigue su propio ritmo de un lado a otro, como si la música le hubiese transportado. Atrapado por las notas musicales, incapaz de detener a su cuerpo. Observo la escena divertida, me cae bien el bailarín improvisado que parece fuera de lugar. Y entonces llega mi turno y me entregan mi café en vasito con mi nombre (nunca he entendido eso), me alejo para buscar el azúcar, pero no puedo evitar que mis ojos sigan los movimientos danzantes de aquel chico que parece divertirse como loco en medio del tedio y de las prisas. Miro alrededor, un hombre de traje lee el periódico, una pareja indecisa mira la lista de la pared, un joven revisa sus quesitos de gráficos imposibles, una de las camareras teclea en la caja registradora, nadie parece haber reparado en él.
Es tarde, así que cojo mi capuccino y me dirijo hacia la puerta a punto de soltar una carcajada, aunque no sé bien porque. El chico musical mueve la cadera hacia un lado y se marcha hacia el fondo, con los brazos levantados y el café peligrando. Y entonces me cruzo con un hombre que me mira, que a su vez realiza una mueca divertida, tal vez lo ha entendido todo, o tal vez no, pero el caso es que su cara recuerda a la de un niño traviero que ha descubierto un secreto. Y mientras camino hacia el trabajo voy pensando, que lo que comenzó en un movimiento de pies puede transformarse en una extraña epidemia, enormes y absurdas risas contagiosas por toda la ciudad. ¿Volverá mañana el bailarín?.
lunes, 4 de junio de 2007
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