Eran él y su guitarra. Se apagaba la esfera y aún se oían débiles en la brisa las notas de su melancólica melodía. Y entonaban las voces que no se oyen su canto perenne y monótono, en esos tonos altos que rozan las profundidades del espíritu, y provocan sensaciones lúgubres y sombrías. Tiene los ojos idos y sus dedos se precipitan en las cuerdas gastadas y desafinadas de tanto llanto. Secos y roncos los sonidos que dispara, son insoportables para el oído humano, pero el alma los capta tan bien y tan claramente.El nunca sabía si el sol seguía, vivía en la más terrible de las negruras.
Una pieza con cortinas escarlatas, pesadas y antiguas. Tenía el suelo por cama, y los brazos por almohadas, tenía el semblante ecuánime e imperturbable. Mirada fija en ningún punto fijo y las uñas largas y mugrientas. Bebía y se nutría de esos sonidos ásperos que alejaron a todos de aquel lugar. La gente ya no pasaba por la calle donde “vivía” él. Los murmullos de sus notas habían erosionado la tierra, ya nada crecía a su alrededor, y que no se suponga que él no lo notaba. Él sabía que era infértil. Sus notas tiñeron de gris el cielo y trajeron nubes espesas para adornarlo, nubes gordas y densas, negras, cargadas, pero nunca llovían, hacía un calor abrasador todo el tiempo.
Un día, fueron a rescatar al hombre, entraron a la fétida habitación, y el cuerpo inerte del sujeto yacía adherido a la guitarra en el suelo. Esa escena no la olvidaron jamás, fue lo más horrible que pudieron captar sus sentidos.
Dicen que cuando pasas por ahí, todavía se oyen las notas fúnebres de la guitarra, de su guitarra, llorándole a la muerte

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