Había notado, que las cosas nunca permanecen. Las personas que pensó que se le impregnarían eternamente corrían furtivas ya lejos de su alma.
Se había equivocado cuando pensó que ella, justo ella, se quedaría para siempre adherida irreversiblemente a su vida. ¡Las personas no permanecen!
La estela de los pasos de ellos, queda sólo en sus pupilas más opacas, en la esencia de sus lágrimas, en la razón de sus nostalgias, en las canciones vencidas, en los lugares vacíos… el rastro de aquellas, y sobretodo de ella, es una enfermedad corrosiva y letal, que va apoderándose paulatinamente de su voluntad, de su robustez, de su alegría, de sus esperanzas, de su inteligencia, de sus palabras. Cuando ya no hay más que puedan corroer del espíritu, pasan a atacar- sin anticuerpo eficaz- las funciones vitales básicas. Impidiendo por ejemplo, respirar o comer.
Eso no le molestaba, morir por el vestigio no le era desagradable. Pero si al menos fuera ella quien la asesinara dulce y poéticamente, pero no. Era sólo un gran ejército de recuerdos armados. Le turbaba de sobremanera suponer que quizá ella no supiera de su agonía. No era su persona la que ardía tan vivamente desde sus entrañas y la convertía de a poco en cenizas, sino el recuerdo de su persona.
Se había quedado sin compañía, sólo Junio le conversaba por la ventana. Fumaba ansiosamente un cigarro de los fuertes, y de esos que no es necesarios prenderlos con encendedor, el solo roce con su boca los iba consumiendo.
Respiraba del cigarro, y se abandonaba a su olor favorito. De repente, cayó en cuenta de algo. El cigarro, que tanto amaba, si se soldaba verdaderamente con su interior.¡ El alquitrán se abrazaba de sus pulmones en realidad! Pensó que el cigarro era justo, mataba por permanecer dentro, y no por recordarlo.
Rió.
Cuando el cielo pasó de rojo a negro, tomó su abrigo gris y cerró la puerta tras de sí.
Caminó varias calles y se dio muchísimas vueltas. Quien viera tal espectáculo pensaría que no se dirigía a ningún lugar.
Pero llegó. Buscó bajo el macetero la llave de repuesto, y entró sigilosamente.
La vio dormida, acurrucada cual feto en el seno materno. Respiraba hondamente. La observó con ternura.
Abrió su mochila y lo dispuso todo en el velador, procurando incluso aguantar la respiración para no perturbar el silencio.
Cuando estuvo listo, la enrolló firmemente, y se la fumó.
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1 comentario:
Jalea lo leí enterito, sisisisi, al parecer mispadres no se irán. yo quiero que se vallan y llenar mi cama de flores . . .
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